Paseaba en dirección a su casa. Había pasado la tarde sentado en un banco en la calle, mirando a la gente pasar. Observando rostros sin nombre, imaginando como serán sus vidas por su caminar. Al llegar la noche se incorporó de su asiento y pensó en no regresar a casa esa noche. En buscar un lugar donde poder tomar un café y simplemente ver pasar las horas. Ahora nadie le esperaba, a nadie le importaría verle llegar a la mañana siguiente. Sin embargo, vio que no llevaba dinero encima.
Resignado, metió las manos en sus bolsillos y buscó la calle que le llevara a su hogar. Caminaba despacio, parando en los escaparates, mirando cosas que no necesitaba.
Cuando dobló la esquina, creyó verla. Sin embargo, su imaginación solía pasarle malas jugadas. Se acercó a la chica por detrás, y una ola de su fragancia llegó a su nariz.
Ella se dió la vuelta. No cabía duda, era ella. Le esperaba en su portal.
- ¿Por qué? – Preguntó él.
Escuchó los pasos detenerse a su espalda y bajando la mano del botón, se giró hacia él. En sus oidos esa pregunta no hacia más que resonar, repitiendose una y otra vez mientras buscaba una respuesta. La calle se hizo silenciosa y sólo podía observar su rostro, sólo podía ver de nuevo sus ojos, notar en el ambiente de nuevo su aroma.
No sabía si en esa pregunta había odio, rencor, resentimiento o sólo curiosidad. Por eso bajó la mirada al suelo y suspiró, arqueando las cejas y dejando que su mente encontrara una respuesta. Pero sus labios no se movían, permanecieron en silencio durante varios minutos.
Finalmente le volvió a mirar.
-Porque te echo de menos.
- ¿Y ya está? – Preguntó él.
Miró a un lado e intentó buscar las palabras para explicar lo que sentía. Levantó el lado derecho de la boca, imitando una media sonrisa. Suspiró.
- Es que…no logro comprenderlo – Añadió. – Te vas, y… – La calle permaneció en silencio durante unos instantes. – y ahora, de repente, te presentas en mi portal, y me dices que me echas de menos.
Por su rostro resbalaba una lágrima. Él no podía saber si era de rabia, de pena, o de dolor. Al llegar a su barbilla, notó su cosquilleo, y la limpió con la mano.
- ¿Qué harías en mi situación? – Continuó. – Olvidarías lo que acaba de ocurrir, me abrazarías, y todo seguría igual que antes, ¿verdad?. No lo entiendo… – Sacudió su cabeza lentamente de lado a lado, remarcando sus movimientos. – Lo siento, pero no lo entiendo. No entiendo por qué te fuiste, no entiendo por qué has vuelto. Esto no es una película de Holliwood. Aquí la puerta no se abre por arte de magia, y todo vuelve a la normalidad. Las cosas han cambiado. Yo he cambiado. Y si de verdad me echas de menos… -de nuevo el silenció se hizo partícipe de la conversación. – demuestrámelo.
Volvió a mirarla. Bajó de nuevo la vista. Sus manos temblaban, como la primera vez que la besó. Él recordó esa situación. Se acercó a ella, y, pillándola por sorpresa, la besó los labios. Un beso suave, dulce. Sus labios se separaron, y, sin separarse de ella, la susurró al oído:
- Para mí sigues siendo alguien muy importante. Pero toda acción tiene su consecuencia. Si me echas de menos, demuéstramelo.
Se separó de ella. Poco a poco, se fue acercando a la puerta. Sacó las llaves y empujó la puerta del portal hacia dentro. Ahí, esperó.
Escuchó en silencio todo lo que él tenía que decir. Durante días se había preparado mentalmente para esas palabras que tanto le dolían, pero que podía soportar.
Cuando susurró esas últimas palabras, tras ese dulce beso sus ojos se cerrarón y suspiró, sintiéndose cada vez peor por todo. Escuchó la puerta abrirse y de nuevo le miró, girando un poco su cuerpo.
-Tu querías la libertad, querías huir de todo, escapar y forjar una nueva vida lejos de aquí. Pero yo al contrario que tu quería permanecer, no despertar, huir dentro de mi misma… y cuando por fin lo logré supe que no podria encerrarte en ese mundo, que jamás querrías seguir atado a mi de esa manera y que te cansarías. ¿No es así? ¿Acaso no has cambiado en ese sentido? ¿No eres libre ahora?
Suspiró y agachó la cabeza, entrando en el portal pero quedandose en la puerta, cerca del cristal, notando el frío y la oscuridad que había allí dentro.
-¿Acaso no te demuestro ya lo mucho que te echo de menos volviendo aquí? Te pido disculpas, por hacer lo que creía que era mejor para ti pero jamás he dejado de quererte.
La dejó terminar mientras él estaba apoyado en la pared. Cuando acabó, se incorporó y caminó a encender la luz. Vio su rostro iluminado. No había cambiado. Claro que, pensó, no tenía por qué haber cambiado. Sólo habían pasado un par de meses.
- ¿Sabes? – Empezó – Me he preguntado muchísimas veces por qué te fuiste. No podía alcanzar a comprenderlo. Y huí. Me fuí, lejos de aquí. Una vez tenía la libertad de hacerlo, quería experimentarlo. Y lo que experimenté fué… igual. Era la misma sensación. Descubrí que el lugar no importa. La sensación era igual. Eran lugares desconocidos, gente desconocida. Pero una sensación muy familiar. Pero había algo diferente. Tú no estabas allí. Y en aquellos momentos te necesitaba más que nunca.
La miró. Ahora, el rostro de él expresaba otro tipo diferente de sonrisa.
- Me di cuenta de que lo único que hacía diferente esos lugares eras tú. Y, sin embargo, te habías ido. Tenía libertad, pero si no podía utilizarla de nada me servía. Y supe que mi libertad, me la dabas tú.
Se acercó a ella, que aún seguía al lado del cristal de la puerta.
- Quiero una segunda oportunidad. En serio. Quiero despertarme y ver que sigues a mi lado. Quiero darle envidia al mundo. Y quiero que si nos ocurre algo, lo hablemos. Y no desaparezcamos de la noche a la mañana.
Se quedó enfrente de ella, esperando una respuesta.
Ella asintió y acercandose a él le abrazó con fuerza. -No volveré a dejarte nunca.