Tan pronto como hube comprobado que había desaparecido y tan pronto como en mi mente la conciencia de su existencia fue sustituida por la de su inexistencia, ocurrió que, de manera paralela, el sentido de la realidad colindante a su existencia fue desapareciendo con celeridad. Era una sensación muy extraña, parecida al vértigo. Me dijera lo que me dijese, la conciencia de su inexistencia fue creciendo deprisa en mi interior erosionando violentamente mi seguridad. La conciencia de su inexistencia hacía flaquear mi convicción de que hubiera existido alguna vez, la engullía con voracidad.
Hay una realidad que demuestra la verdad de un hecho. Porque nuestra memoria y nuestros sentidos son demasiado inseguros, demasiado parciales. Incluso podemos afirmar que muchas veces es imposible discernir hasta qué punto un hecho que creemos percibir es real y a partir de qué punto sólo creemos que lo es. Así que para preservar la realidad como tal, necesitamos otra realidad – una realidad colindante – que la relativice. Pero, a su vez, esta realidad colindante necesita una base para relativizarse a si misma. Es decir, que hay otra realidad colindante que demuestra, a su vez, que ésta es real. Y esta cadena se extiende indefinidamente dentro de nuestra conciencia y, en un cierto sentido, puede afirmarse que es a través de esta sucesión, a través de la conservación de esta cadena, como adquirimos conciencia de nuestra existencia misma. Pero si esta cadena, casualmente, se rompe, quedamos desconcertados. ¿La realidad está al otro lado del eslabón roto? ¿Está a este lado?
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Yo era una cáscara vacía y, a través de mi cuerpo, reverberaba una resonancia hueca. Era consciente de que me había quedado vacío. Todo, absolutamente todo lo que mi cuerpo debía haber contenido hasta entonces, había salido de mi interior.
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Durante toda mi vida, he tenido la impresión de que podía convertirme en una persona distinta. De que, yéndome a otro lugar y empezando una nueva vida, iba a convertirme en otro hombre. He repetido una vez tras otra la misma operación. Para mí representaba, en un sentido, madurar y, en otro sentido, reinventarme a mí mismo. De algún modo, convirtiéndome en otra persona quería liberarme de algo implícito en el yo que había sido hasta entonces. Lo buscaba de verdad, seriamente. Y creía que, si me esforzaba, podría conseguirlo algún día. Pero, al final, eso no me conducía a ninguna parte. Por más lejos que fuera, seguía siendo yo. Por más que me alejara, mis carencias seguían siendo las mismas. Por más que el decorado cambiase, por más que el eco de la voz de la gente fuese distinto, yo seguía siendo el mismo ser incompleto. Dentro de mí se hallaban las mismas carencias fatales, y esas carencias me producían un hambre y una sed violentas. Esa hambre y esa sed me han torturado siempre, tal vez sigan torturándome a partir de ahora. En cierto sentido, esas carencias, en sí mismas, son lo que soy. Pero sé una cosa. Quiero convertirme en un nuevo ser. Tal vez lo logre. Aunque no sea fácil, tal vez, esforzándome, consiga un nuevo yo. A decir verdad, si volviera a ocurrir lo mismo, tal vez actuara igual. No puedo prometer nada. No consigo estar seguro de poder vencer esa fuerza.
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Me tendí boca arriba y permanecí largo tiempo contemplando el techo. Era el techo de una casa normal y corriente, sin nada en particular, ni nada interesante. Pero me quedé mirándolo con atención. Ya no me asaltaban las visiones. Cerré los ojos y agucé el oido para captar los movimientos que se producían en mi interior. Tal vez estuviera cambiando. Y, además, tenía que cambiar.
Al acercarse el alba, no quise conciliar el sueño. Me senté a la mesa y me quedé contemplando como el cielo iba clareando poco a poco. Hacía mucho tiempo que no veía amanecer. En un extremo del cielo apareció una línea azul que se fue extendiendo despacio por el horizonte, como la tinta azul cuando se derrama sobre un papel. Hinqué los codos en la mesa y me quedé absorto contemplando la escena.
Dentro de esa oscuridad, pensé en la lluvia que caía sobre el mar. La lluvia que caía furtivamente, sin que nadie lo supiera, en un vasto mar. Las gotas de lluvia golpeaban mudas la superficie del agua, sin que ni siquiera los peces lo percibieran.
Hasta que alguien se acercó y posó suavemente su mano sobre mi espalda, seguí pensando en el mar.
