Archivos de la categoría ‘Prosa’

h1

Sorpresa

24 Enero, 2009

Subes al autobús. Ni siquiera te molestas en encender la música. Éste arranca. Poco a poco ves cómo las tiendas, ya cerradas, y las personas, apresuradas, desaparecen por tu espalda. Ni siquiera notas cuando llega a las paradas. Sin embargo, el movimiento de gente subiendo al autobús te hace mirar hacia la parte delantera.

Y ves su imagen. No puedes imaginar la cara que pones al verla. Ella te mira y sonrie.

Al ver que tu mirada ha sido descubierta, te apresuras a desviar tu ángulo de visión hacia la ventanilla.

Ves que se acerca.

“No, no puede ser ella.” Te dices a tí mismo. Ella está muy lejos de aquí. O, al menos, eso fue lo que te dijo.

Cuando se sienta a tu lado, sientes como toda la cena se revuelve en tu estómago. Tu respiración toma un ritmo incontrolado, acompañando a los latidos de tu corazón.

“Todo el autobús está libre…¿Por qué se sienta aquí?”

- Vaya viento, ¿no? – Empieza ella

- Sí – Contestas

Sonríes timidamente, sin mirarla directamente. Ella permanece con sus ojos clavados en tí, y con una sonrisa en la cara.

- ¿Vas de fiesta ahora?

- No, vuelvo a casa. – Contestas

- Bah, vente… Si no, me tocará ir sola.

Le dices que lo sientes, pero que no es posible, que te esperan. Ella admite la negativa, pero parece interesada en tí.

- ¿Cuántos años tienes?

No respondes. Tu mirada está orientada hacia el exterior, donde intentas decirte a tí mismo que no es ella quien está sentada a tu lado.

Que simplemente es una coincidencia.

Ella, sin embargo, prosigue preguntando:

- Bueno, y, ¿qué estudias?

No le das respuesta. Ella parece que se inventa una, pues continúa:

- ¿Y dónde estudias ahora?

Tu vista sigue fija en la ventanilla. No puedes creer que sea ella. No quieres creer que sea ella.

- Jo, chico, que soso…

- Ahá – Respondes.

- ¿Has tenido un mal día? Se que no soy mas que la chica que te dió conversación en el autobús, pero creo que por eso puedes contarme lo que sea. Ya lo sabes.

Sigues negándote una y otra vez que es ella. Sin darte cuenta, casi te pasas la parada. Ella se levanta al ver que tu te incorporas.

- Gracias – Dices.

- Las que tú tienes – Responde.

“Demasiado parecidas para ser una coincidencia”.

Sales del autobús. Al irte, no puedes evitar mirar por última vez a la chica del bus. Ella se despide con la mano y una sonrisa. Le devuelves el saludo con la cabeza. “Si es ella se ha vuelto a cambiar de peinado”

Al llegar a casa, estás desorientado. Desganado. Tal vez sea por el cansancio. Decides irte a dormir.

Sin embargo, en tu cama, no consigues conciliar el sueño. Su rostro se evoca una y otra vez en tu mente. “Tendría que habérselo preguntado”

Cierras los ojos por un instante. Al abrirlos, no estás en tu cama. Estás en medio de un campo. Una suave brisa te mece. Ves una vieja locomotora de vapor viniendo hacia ti. Vuelves a cerrar los ojos. Los abres. Tú, en un teatro, estás sentado en el escenario sobre un taburete, y con una guitarra en las manos. Miras hacia el público y ves una silla vacía en la primera fila, extrañamente iluminada, como para que te fijes en ella. No consigues distinguir el rostro de las demás personas debido a la oscuridad. Los cierras. Vuelves a abrirlos. Reconoces ese lugar. La habitación de tus sueños. Ella parece plácidamente dormida, como si no hubiera podido aguantar despierta a tu llegada. Te incorporas de la cama. Te acercas al espejo.

Allí, ves tu imagen reflejada.

- Sorpresa – Dice ésta.

h1

Cambiar

15 Enero, 2009

Tan pronto como hube comprobado que había desaparecido y tan pronto como en mi mente la conciencia de su existencia fue sustituida por la de su inexistencia, ocurrió que, de manera paralela, el sentido de la realidad colindante a su existencia fue desapareciendo con celeridad. Era una sensación muy extraña, parecida al vértigo. Me dijera lo que me dijese, la conciencia de su inexistencia fue creciendo deprisa en mi interior erosionando violentamente mi seguridad. La conciencia de su inexistencia hacía flaquear mi convicción de que hubiera existido alguna vez, la engullía con voracidad.

Hay una realidad que demuestra la verdad de un hecho. Porque nuestra memoria y nuestros sentidos son demasiado inseguros, demasiado parciales. Incluso podemos afirmar que muchas veces es imposible discernir hasta qué punto un hecho que creemos percibir es real y a partir de qué punto sólo creemos que lo es. Así que para preservar la realidad como tal, necesitamos otra realidad – una realidad colindante – que la relativice. Pero, a su vez, esta realidad colindante necesita una base para relativizarse a si misma. Es decir, que hay otra realidad colindante que demuestra, a su vez, que ésta es real. Y esta cadena se extiende indefinidamente dentro de nuestra conciencia y, en un cierto sentido, puede afirmarse que es a través de esta sucesión, a través de la conservación de esta cadena, como adquirimos conciencia de nuestra existencia misma. Pero si esta cadena, casualmente, se rompe, quedamos desconcertados. ¿La realidad está al otro lado del eslabón roto? ¿Está a este lado?

[...]

Yo era una cáscara vacía y, a través de mi cuerpo, reverberaba una resonancia hueca. Era consciente de que me había quedado vacío. Todo, absolutamente todo lo que mi cuerpo debía haber contenido hasta entonces, había salido de mi interior.

[...]

Durante toda mi vida, he tenido la impresión de que podía convertirme en una persona distinta. De que, yéndome a otro lugar y empezando una nueva vida, iba a convertirme en otro hombre. He repetido una vez tras otra la misma operación. Para mí representaba, en un sentido, madurar y, en otro sentido, reinventarme a mí mismo. De algún modo, convirtiéndome en otra persona quería liberarme de algo implícito en el yo que había sido hasta entonces. Lo buscaba de verdad, seriamente. Y creía que, si me esforzaba, podría conseguirlo algún día. Pero, al final, eso no me conducía a ninguna parte. Por más lejos que fuera, seguía siendo yo. Por más que me alejara, mis carencias seguían siendo las mismas. Por más que el decorado cambiase, por más que el eco de la voz de la gente fuese distinto, yo seguía siendo el mismo ser incompleto. Dentro de mí se hallaban las mismas carencias fatales, y esas carencias me producían un hambre y una sed violentas. Esa hambre y esa sed me han torturado siempre, tal vez sigan torturándome a partir de ahora. En cierto sentido, esas carencias, en sí mismas, son lo que soy. Pero sé una cosa. Quiero convertirme en un nuevo ser. Tal vez lo logre. Aunque no sea fácil, tal vez, esforzándome, consiga un nuevo yo. A decir verdad, si volviera a ocurrir lo mismo, tal vez actuara igual. No puedo prometer nada. No consigo estar seguro de poder vencer esa fuerza.

[...]

Me tendí boca arriba y permanecí largo tiempo contemplando el techo. Era el techo de una casa normal y corriente, sin nada en particular, ni nada interesante. Pero me quedé mirándolo con atención.  Ya no me asaltaban las visiones. Cerré los ojos y agucé el oido para captar los movimientos que se producían en mi interior. Tal vez estuviera cambiando. Y, además, tenía que cambiar.

Al acercarse el alba, no quise conciliar el sueño. Me senté a la mesa y me quedé contemplando como el cielo iba clareando poco a poco. Hacía mucho tiempo que no veía amanecer. En un extremo del cielo apareció una línea azul que se fue extendiendo despacio por el horizonte, como la tinta azul cuando se derrama sobre un papel. Hinqué los codos en la mesa y me quedé absorto contemplando la escena.

Dentro de esa oscuridad, pensé en la lluvia que caía sobre el mar. La lluvia que caía furtivamente, sin que nadie lo supiera, en un vasto mar. Las gotas de lluvia golpeaban mudas la superficie del agua, sin que ni siquiera los peces lo percibieran.

Hasta que alguien se acercó y posó suavemente su mano sobre mi espalda, seguí pensando en el mar.

h1

El país de las maravillas

14 Enero, 2009

- Minino de Cheshire ¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?

- Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar – Dijo el gato.

- No me importa el sitio… – Dijo Alicia.

- Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes – Dijo el gato.

- … siempre que llegue a alguna parte – Añadió Alicia como explicación.

- ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte – aseguró el gato – si caminas lo suficiente!

 

 

_________________

Alicia en el País de las Maravillas – Lewis Carrol

h1

Nightmare

12 Enero, 2009


Habito en el espacio que existe entre la locura y la normalidad esperando la señal del control remoto celestial que defina mi destino.

En este andar a tumbos entre flores de incertidumbre, ramas de acertijos, frutos de infinitas respuestas y prados que se pierden en los horizontes de la frustración, llego a la conclusión que cualquier filosofía es mera aspirina para apaciguar por un instante el dolor de la existencia.

Esta noche, después de larga espera, me visita la desesperación, sale del espejo como una plaga de pesadillas cubriendo las manchas de la luna sobre mi cama. Iniciamos una lucha febril sin reglas: revolturas de rezos, y sábanas; gemidos sordos que rechinan por los rincones; sudores podridos sorbidos por chinches que muerden la piel.

Clavado en el colchón imploro la llegada del día. Busco un tanque de oxígeno para respirar entre los vapores sulfurosos del infierno. Mi cuerpo se rinde intoxicado.

Llega el amanecer, aparece un alivio momentáneo seguido de un dolor lacerante que me retuerce. Se encajan en mi espalda cientos de garras infectadas de fobias injustificadas. Mi cuerpo es un gran arco tensado que sale disparado contra las paredes. Corro hacia el baño y tropiezo con las sillas. Me arrastro al grifo como un perro rabioso. Me asomo al espejo de mis desechos y estrello el agua fría que cabe en mis manos sobre mi rostro. No hay escapatoria, estoy despierto y este cabrón ya se afianzó con espuelas. Salgo despavorido a la calle, ese desierto de soledades que no dan compañía. Mis calzones son el único escudo contra la intemperie. Brinco y manoteo como payaso perseguido por el ridículo y no la gracia. Me arrastro sobre las alcantarillas, me embarro en los postes, me araño en los árboles, me pego en los automóviles. El miedo sigue ahí, aferrado, encaprichado, enquistado. Un avión parte el cielo con una línea blanca en la lejanía. Supongo que podría librarme de esta bestia utilizando la velocidad de mi cuerpo contra el viento. Tengo que aventarme en un edificio. Busco mi construcción salvadora girando mi cabeza bruscamente, percibo los destellos de sus vidrios brillantes y me dirijo a su presencia.

Su boca fría esta abierta. Una lengua roja, rodeada de pisos encerados, da calor a mis pasos. Nadie es testigo de este reflejo monstruoso en las puertas del ascensor. Contemplo mi hermoso brillo metálico. Las puertas no se abren. Arden mis hombros y mi cuello, chorrea un líquido viscoso sobre mi columna. Hormigas salvajes se arremolinan en la puerta de mi oído. ¡No puedo esperar más! Me dirijo a las escaleras y subo con desesperación. Cada piso es un respiro de alivio. Las barandillas vitorean mi esfuerzo. Llego exhausto y jadeante a la última puerta, y al ver su abrigo de polvo, supongo que esta bloqueada, pero nadie resguarda secretos en este paraje. Salgo al aire helado y pateo las botellas de vidrio. El impermeabilizante se pega a mis plantas rogando que me detenga. Un azul plomizo cubre mis ojos. Me detengo al borde del vacío. Quedo firme unos segundos y abro mis brazos como un cristo de la modernidad sin seguidores, exento de resurrección. Una delgadísima frontera divide la vida de algo mejor. Observo los trazos de las calles, las líneas blancas e intermitentes, los peatones haciendo borrones de colores, los coches ladrando. Un vértigo invade mi vientre recordándome el preludio de aquella sensación.

Intento poner mi mente en blanco. Ganan las náuseas, el mareo y los gases explosivos de mis intestinos. El corazón reclama la continuidad de mi existencia en palpitaciones desincronizadas. Tiemblan mis extremidades. Se hiela mi espalda. Doy media vuelta apuntando mi pecho encogido hacia el lado contrario del amanecer, las redes de mi vista atrapan la otra mitad de la ciudad. ¡Quémate engendro! ¡Púdrete aborto nocturno! ¡Incinérame sol! La comezón intensa se ríe de semejante representación y da el empujón final. Caigo con la esperanza de remover a mi enemigo en el trayecto o aplastarlo en el implacable cemento. El maldito se adentra y aparece con su mueca cínica sobre mi pecho. Tomo su cuello con todas mis fuerzas. Las venas de mis manos reflejan sus ojos en mi rostro. Reflexiono que atreverme ha sido un verdadero acto de osadía. En un magnífico giro felino, mi acompañante muerde el polvo, microsegundos antes de que mi carne salpique a los transeúntes indiferentes con la sangre de un valiente recién curado de espantos.

h1

Una cita pendiente en mis sueños

11 Enero, 2009

Entreabro los ojos. La oscuridad es absoluta. Me he quedado dormido intentando escribir.

Tras unos pocos segundos, mis ojos se acostumbran a esa realidad. Poco a poco las siluetas de los objetos de mi alrededor se van tornando visibles. Sin embargo, hay algo que me pone nervioso. Hay alguna cosa que no está en su sitio.

A los pocos segundos, me doy cuenta. Hay alguien sentado en la silla al lado de mi puerta. Desde ahí, me observa dormir. Tiene las piernas cruzadas, al igual que los brazos, como esperando algo. Tal vez a que me despierte. Me hago el dormido intentando reconocer su silueta.

De repente, se mueve. Se inclina hacia mi cama. Mi corazón empieza a latir con fuerza. Aprieto mis ojos con la esperanza de que no descubra mi desvelo. Pero ya es tarde. Sus labios se despegan, y pronuncia una frase:

- Se que estás despierto.

Hago caso omiso a sus palabras. Sin embargo, su voz me resulta muy familiar. Demasiado cercana, diría yo.

- ¿Aún no sabes quién soy? Te creía más listo…

Me decido a plantarle cara. Él, como si de un acto reflejo se tratara, enciende la lámpara de la mesa. No había visto antes ninguno de esos dos objetos.

- Tranquilo, siéntate. Solo pretendo hablar.

Me incorporo en la cama. Mi vista, poco a poco, se adapta a la luz.

Reconozco su rostro.

- Exacto Sergio, soy tú.
- ¿Y que haces que no estás durmiendo?
- Vaya, tono irónico. Pensé que ya no te quedaba.
- Siempre puedes sacar algo si buscas bien. ¿Qué has venido a hacer aquí?
- Creía que eras tú quien me buscabas…
- ¿Yo? ¿Para qué?
- ¿No estás dándole vueltas a varias cosas?
- Eres parte de mí. Si es así deberías saberlo.
- Es por eso por lo que estoy aquí.
- ¿Para resolverlas?
- No. Para que tú las resuelvas.

Me señaló con el dedo. Su rostro mostraba una sonrisa que mi cara lucía un tiempo atrás.

- Y, lamentablemente – Añadió – No voy a dejarte hasta que lo consigas.
- Vale, adelante. Muéstrame una pregunta.
- No soy yo el que pregunta, tampoco el que responde. Solamente vengo a que te enfrentes con la realidad de ambas.
- Solamente vienes porque solamente eres una sombra del pasado. No puedes soportar que deje atrás algo. Para ti es necesario que viva siempre con el recuerdo de tu existencia, y, ¿sabes qué?
- ¿Qué? – Dijo con tono amenazante.
- Por una vez en mi vida estoy feliz por ser quien soy.
- ¿Por muchas dudas que tengas en tu cabecita? – Hizo un gesto señalándose la cabeza – ¿Por mucho que te oprima el pecho? – Su dedo se deslizó apuntando al corazón – Vamos, Sergio, tu no eres así.
- Corrige. No ERA así. Muchas cosas han cambiado.
- Ah, ¿si? ¿El qué?

Su sonrisa volvía a mostrarse en su rostro. Aunque, mejor dicho,en mi rostro.

- Yo ya no estoy solo. – Respondí.
- ¿Y no es esa falta de soledad la que tanto daño te hace?
- Si yo no lo quisiera así lo habría dejado atrás hace mucho tiempo.
- Vamos, Sergio, ¡Quiero que te enfrentes a tus miedos! – El gritaba, como esperando una reacción agresiva de mí – ¡Quiero que te levantes y vuelvas a ser el de antes!

Le ignoré. Me volví a meter en la cama.

-¿Pero que demonios estás haciendo? – Preguntó.
- Lo siento, pero tengo una cita pendiente en mis sueños.

Cerré los ojos. Volví a estar en esa habitación. El aire era puro. Me sentía liviano. Me sentía…bien.

Ella, sentada en la cama, se dirigió a mí:

- No me quieres.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque me dejas sola.
- Pero siempre vuelvo.

La rodeé con mis brazos. Ambos nos tumbamos en la cama. La acerqué a mí. Nuestros latidos se acompasaron. Su respiración era una música relajante en mis oídos. Dejé todo atrás.

No quiero volver jamás, pensé.